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No se
enteró , por no estar obligado, que en enero de 1937 desembarcó en
los muelles del revolucionarios soviético León Trotsky, pero sí
escuchó por la radio, contagiado por la felicidad de su madre, el
discurso con que Lázaro Cárdenas decretaba la expropiación petrolera
en beneficio de los mexicanos, en marzo de 1938.
Hasta poco antes de cumplir los trece, José Calderón fue un niño de
estatura normal.
Sin embargo, a los quince ya era un mocetón con el físico de un
adulto y su fuerza equivalía a la de dos hombres. Para explotar
estas cualidades, se fue a trabajar a los muelles como cargador y
ayudar así en los gastos a su familia, e intentar salir juntos de la
pobreza.
Tenía tres hermanos y amaba a su madre tanto como a Dios; a ella
dedicaba sus afanes y sus más bellos pensamientos. Tenía una voz
dulce y suave que contrastaba con las rudas dimensiones de su
cuerpo. En su primera jornada como estibador impresionó a todos con
su descomunal fuerza al cargar sobre su espalda cuatro sacos de
azúcar recién llegados de Cuba, que juntos pesaban ciento sesenta
kilos. Poseía un espíritu noble y se conmovía fácilmente ante la
adversidad de los otros, razón por la cual auxiliaba con gusto a los
alijadores menos fuertes. Gracias a esta actitud, tuvo muchos amigos
y fueron ellos quienes le empezaron a llamar Pepito en tono
afectuoso y sin dobleces.
A sus dieciocho, Pepito rebasaba ya los dos metros de altura. No
experimentó, como es de suponerse, el placer de la adolescencia, lo
que sin duda lo hizo infeliz. A medida que su cuerpo crecía , su
espíritu se retraía , de tal manera que dejaba la impresión de estar
habitado totalmente por la tristeza. Por alguna razón , dejó su
trabajo en los muelles e ingresó al Sindicato de Trabajadores
Terrestres.
Ahí, su labor consistía en subir la carga a los camiones o bajarla,
en virtud de su imposibilidad para entrar en las bodegas. En
Tampico, las puertas y los muebles de todos los recintos no estaban
hechos para él. Prefería recorrer a pie la distancia de su casa al
trabajo antes que abordar con dificultad cualquier vehículo. En las
salas de cine, incluso, forzosamente veía de pie las películas o
bien desde la primera fila. Seguramente, se sintió como Gulliver
tratando de estar cómodo en el país de Lilliput, y muy pocos
entendieron que era humano y que le molestaba no ser tratado como
tal.
Trabajó durante más de quince años en el Sindicato de Terrestres,
período durante el cual se le conoció con el sobrenombre que
llevaría más allá de su muerte: Pepito Terrestre. En 1956, ya
enfermo de la pleura y muy probablemente con más de una hernia
enquistada en su cuerpo, abandonó su trabajo de cargador. Se dedicó
desde entonces a vender billetes de lotería y a chacharear, como a
él le gustaba decir. Para entonces, media dos metros más veinte
centímetros, y las dificultades para conseguir pantalones, camisas y
zapatos de su medida hubieran sido insalvables, de no ser porque su
madre le confeccionaba la ropa y un viejo zapatero de los mercados
le fabricaba alpargatas especiales para sus pies planos.
Indudablemente, su presencia en las calles de puerto era un
espectáculo para propios y extraños. Los viejos de ahora cuentan que
alguna vez un par de policías intentó detener a Pepito a deambular
ebrio en el centro de la ciudad y que cuando él imagino el malestar
que causaría a su madre se resistió. Los oficiales al parecer, lo
golpearon hasta hacerlo enfurecer y el gigante, fuera de control,
levantó la patrulla por un costado hasta volcarla. Tiempo después en
entrevista que concedió a un periodista de México, Pepito aseguró
que esas eran invenciones de la gente.
De lo que no hay duda , es que en toda América Latina no existía
entonces ningún ser humano que alcanzara su estatura. Por ello, se
sabe que un extranjero lo quiso llevar a jugar básquetbol a Estados
Unidos y que varios propietarios de circo le ofrecieron empleo. No
aceptó ninguno de ambos ofrecimientos, aunque si accedió a las
peticiones de un empresario que lo llevo a Guadalajara temporalmente
a promocionar vitaminas infantiles y, en otra ocasión, acepto el
papel de réferi en una pelea de enanos . Su argumento mas sentido y
honesto para rechazar cualquier oferta era: "Debo cuidar a mi madre;
No puedo dejarla sola"
Pepito Terrestre murió el 15 de octubre de 1973, cuando
había alcanzado la fabulosa estatura de dos metros más
treinta y cinco centímetros. Su funeral fue singular.
Debieron construir un ataúd especial y la carroza que
transportó sus restos al panteón debió llevar la
portezuela abierta porque la caja mortuoria no cupo en
su interior. Fue sepultado sin mayores honores, salvo
los de aquellos que lo amaron cercanamente. Los diarios
publicaron escuetamente la noticia, y los cronistas de
la ciudad, empeñados en registrar sólo la historia
oficial, jamás se ocuparon de él. |