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En relación con las enfermedades cardiovasculares,
la obesidad tiene un efecto doble. Por un lado, conocemos que la obesidad
condiciona un mayor incremento de la tensión arterial. Se estima
que la hipertensión es 2,5 veces más frecuente en los obesos que en los
sujetos de peso normal, y que dentro de los obesos es mayor en la obesidad
de tipo androide (índice cintura/cadera mayor de 1) que en la ginoide.
Sabemos que la pérdida de peso disminuye la tensión arterial tanto en
personas normales como en obesos.
La
obesidad es, además, un factor de riesgo de padecer
cardiopatía isquémica, y este riesgo es independiente de
otros factores como edad, sexo, colesterol, tabaquismo y
tolerancia a la glucosa.
Recientemente, se ha publicado un estudio sobre la
prevalencia de la obesidad y su impacto en el gasto
sanitario (Estudio Delphi).En él, se cuantifican los
costes asistenciales de la obesidad: el 62,6 por ciento
del gasto generado por las complicaciones de la obesidad
corresponde a enfermedades cardiovasculares.
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