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Normalmente la hipertensión arterial no produce síntomas
y puede pasar inadvertida con el consiguiente riesgo
para la salud. Puede aparecer a cualquier edad pero es
más frecuente por encima de los 40 años. Hay una
predisposición familiar pero sucede igualmente en
personas sin antecedentes.
El diagnóstico correcto de la
hipertensión arterial es clave, no se puede olvidar que
la hipertensión suele ser, en la mayoría de los casos,
una enfermedad crónica y por tanto con tratamiento para
toda la vida.
Hay unas normas generales para el diagnóstico de la
hipertensión arterial ya que, aunque a simple vista es
un procedimiento relativamente sencillo, se pueden
cometer múltiples errores.
Estas son las principales recomendaciones: la presión
debe medirse siempre que sea posible con un aparato de
mercurio (que sigue siendo el más preciso para un
diagnóstico inicial, los aparatos electrónicos sólo
deben utilizarse como referencia, nunca para el
diagnóstico definitivo; el ambiente de la habitación
debe ser relajado y con una temperatura agradable;
treinta minutos antes de la medición no se han de
ingerir sustancias estimulantes como café, alcohol,
tabaco...; hacer un reposo previo, de 10 a 15 minutos,
antes de medir la presión; el paciente debe estar
sentado y relajado con el brazo apoyado cómodamente a la
altura del corazón y sin que esté oprimido por la ropa;
en la primera ocasión se debe realizar la medición en
ambos brazos y elegir aquel que dé las cifras más altas;
las siguientes mediciones se harán siempre en el mismo
brazo. En cada visita deben hacerse al menos dos
mediciones sucesivas separadas por un minuto como
mínimo. La presión arterial final será la media de
ambas. Hay que tener en cuenta, además, que la presión
varía durante el día y el estado anímico influye, como
en el caso de la hipertensión de bata blanca.
Tratamiento
Una vez establecido el diagnóstico de hipertensión
arterial, el especialista debe valorar y decidir el
tratamiento.
En el tratamiento sin fármacos la primera medida contra
la hipertensión es cambiar los hábitos de vida por
comportamientos saludables que no sólo incidirán en la
presión arterial sino en el resto del organismo. Está
comprobado que el cambio de los hábitos de vida puede
reducir las cifras de tensión arterial sistólica y
diastólica entre 8 y 10 mm de Hg. Dichos cambios en los
hábitos serían: la reducción de peso, la obesidad se
asocia al menos a un 30 por ciento de hipertensos y se
relaciona con cifras de presión arterial más elevada. La
disminución de peso está indicada en todos los
hipertensos obesos y con sobrepeso (perder 10 kilos
puede suponer un descenso de 10 mm de Hg.); una dieta
baja en sal: las recomendaciones generales son la
restricción de sal por debajo de 6 gr. día, evitar
alimentos ricos en sal (precocinados, enlatados y
procesados) fomentar el uso de alimentos naturales como
la verdura y la fruta que aportan potasio y evitar
añadir sal en la mesa; hacer ejercicio, ya que éste
tiene un efecto reductor de la presión arterial por
diversos mecanismos: dilata las arterias, reduce o
provoca una escasa modificación de la presión diastólica
y mejora el metabolismo del azúcar y de las grasas,
puede reducir las cifras en unos 10mmHg si se establece
un programa de actividad moderada y constante.; reducir
el estrés, abandonar el hábito del tabaco, disminuir la
ingesta de alcohol y evitar la automedicación son
aspectos de igual relevancia en el tratamiento de la
hipertensión.
El segundo paso en el tratamiento de la hipertensión
arterial es el uso de fármacos, pero sólo cuando se ha
agotado el tratamiento no farmacológico.
La decisión de prescribir un fármaco antihipertensivo
debe ser cuidadosamente meditada y valorada. La mayoría
de los antihipertensivos que se prescriben en la
consultad de atención primaria y especializada son
igualmente buenos para comenzar el tratamiento. Conviene
recordar que el fármaco se debe aplicar de forma
individualizada, según las características de cada
paciente. Hay un cierto consenso internacional acerca de
los diuréticos y los beta-bloqueantes como los fármacos
que inicialmente se prescriben. Una vez iniciado el
tratamiento con fármacos, no siempre hay una reducción
inmediata de la presión arterial y hay que esperar un
tiempo prudencial antes de decidirse por un cambio de
medicación. En la mayoría de los casos el tratamiento
antihipertensivo será para toda la vida. En menos del 6
por ciento de los casos podrá ser retirado (y en alguno
habrá de instaurarse de nuevo). Tal vez los hipertensos
con mayores posibilidades de retirada de medicación sean
las mujeres, las situaciones de exceso de peso
corregidas, la hipertensión arterial ligera y la HTA
bien controlada durante dos años con cifras menores a
140/90. Existe una gran cantidad de fármacos que tienen
cada vez menos efectos secundarios y éstos a su vez son
menos importantes y por lo tanto mejor. Entre los tipos
de antihipertensivos están: diuréticos, beta-bloqueantes,
calcioantagonistas, inhibidores de la ECA,
alfabloqueantes y bloqueadores de los receptores AT1.
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