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El estrés es, para muchos, sinónimo
de preocupación; aquello que nos quita la tranquilidad y
nos desestabiliza interiormente. Esto nos lleva a
echarle la culpa del origen de muchas enfermedades que
se padecen hoy día; en gran parte con razón. De hecho,
está reconocido que el estrés aumenta el riesgo de
desarrollar cardiopatías, presión arterial alta,
diabetes, asma, úlceras, colitis y cáncer, entre otras
dolencias. También puede hacernos susceptibles a los
resfriados, los trastornos respiratorios y hasta a las
caries dentales; las heridas, además, cicatrizan peor
cuando el enfermo está sometido a estrés.
Sin
embargo, el estrés no puede eliminarse. Es una parte
importantísima de nuestra vida: para nuestro cuerpo el
estrés es sinónimo de «cambio». Cualquier cosa que
produce un cambio en la vida o en la salud de uno está
causando estrés, y no importa si el cambio es bueno o es
malo: los dos son estresantes. El estrés, por lo tanto,
no es perjudicial en sí mismo: causa la ansiedad que, en
cantidades pequeñas, es saludable ya que motiva a hacer
las cosas que se tienen que hacer.
Pero si cada cosa pequeña que nos ocurre crea ansiedad y
nerviosismo, esto se va acumulando y puede terminar
siendo muy nocivo para la salud.
En el proceso de producción del estrés, y su
transformación en enfermedad, se distinguen tres fases
consecutivas:
Fase de alarma. El organismo se altera fisiológicamente
y, desde el hipotálamo y la hipófisis –ubicadas en la
parte baja del cerebro- libera sustancias específicas
–las catecolaminas (adrenalina y noradrenalina),
glucocorticoides (específicamente cortisol),
mineralocorticoides (principalmente aldosterona) y la
hormona diurética- que actúan como «mensajeros» del
cerebro en zonas corporales específicas, a las que ponen
en posición de alarma. Estas hormonas son responsables
de las reacciones de nuestro organismo. En situaciones
de estrés extremo (por ejemplo, cuando la propia vida se
ve en peligro) a esta activación simpática se la ha
denominado «reacción de lucha o huida».
Fase de resistencia. En la que el organismo se ha
adaptado a las nuevas demandas en fase progresiva y
vuelve a su estado normal. Pero si el organismo no tiene
capacidad para resistir mucho tiempo, se produce la fase
siguiente:
Fase de extenuamiento. El estrés persiste o es severo.
Se produce un gran deterioro, con importante pérdida de
capacidad fisiológica. Esta última fase a menudo conduce
al comienzo de la enfermedad. De la evolución de este
concepto es de donde se cree que el estrés contribuye al
desarrollo de enfermedades, especialmente las referidas
al sistema cardiovascular. |